Si de ahora en adelante
miraré con la mirada gacha,
denme el peor somnífero,
que robe de mí alma su poder y dignidad,
mezclado con ira de libertad.
Si de un momento a otro
despierto hundido en la corrupción,
les pido pequeños hermanos
que vuelen los monumentos de mi país.
La debida ventaja de todos
es expurgar mi alma errante,
para así reventar los tímpanos,
duros por la dura soledad.
En mi defunción vendrá una nota,
la cual los hará cambiar de parecer:
dejémonos de miedos
y comencemos a luchar.
Alimentemos ese deseo,
para dejar de sentirnos mal.
Y si las palabras ayudan
es para comunicar,
organizar una revuelta,
donde todo esto tenga que parar.
Si nuestros hijos tuvieran que pasar eso
en verdad preferiría renunciar...
Todo como hacer una tarea,
no sólo no portarme mal,
sino en un punto vigilar
que mis hermanos lo mismo quieran lograr.
No somos uno más que otro,
esas son ideas de un siglo medieval;
dejemos atrás la barbarie —nos repetimos—,
pero no nos sabemos organizar,
todos queremos ser líderes
sin saber que somos una comunidad.


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