Cargar con mi cruz no es resignación,
ya no noto mi vida como eterno proemio.
Me enfrento al suelo, del alba al crepúsculo,
al cerrar el círculo el enemigo aquí está,
y decir mi apelativo nunca sirvió de algo.
Ancianos muertos han forjado mi sendero
—fugaces ráfagas que me llenan de cicatrices—,
apagando mi estrepitosa sed
mas dejándome muerto de hambre.
Sonrisas incoherentes inundan mi alma,
cuervos listos para acercarse,
esperar la distracción y arrancarme tu tesoro.
Mujer de amplias muecas, toma mi mano
para andar por un bosque brioso.
Sensaciones sin aliento colman mi oído,
fulminando a la pequeña que siempre se queda
cuando, al abrir la caja, sus hermanos escapan.
Gitano de nombre azaroso (el que sea),
cuéntame tu secreto,
el cual hará que mi herida no duela;
nunca pensé una contestación tan sencilla,
hasta que dijiste: "que mi padre te cure".
Días de acopio inventados por millares...
y mis niños con hambre se mueren de risa.
Tomando el arte a manera de juego,
comienza a germinar el cinismo,
latente en unos ojos que miran chueco.
Alargo el preámbulo distancias astronómicas,
asegurándome no poner el punto final...
No hay pegamento tan firme para unir dos mundos,
al final enlisto mis estados de ánimo.
Pero hay algo que sigo sin creer:
la inoportuna Cenicienta sigue perdiendo su zapatilla,
por cada paso dado decide ser benefactora de cojos.
Si todo dependiera de una mirada,
ya te habría enamorado.



