cuando está oscuro,
es cuando su vista
se vuelve más engañosa.
Todo trabajo se vuelve arduo,
llega el cansancio
y perece el espíritu,
tan habituado a la luz.
Cruel es,
yo diría que demasiado,
nuestra ilustre progenitora,
aquélla que nos da la esencia;
no se tienta el corazón.
No debería expresarme así,
se me debería secar la boca,
empezar a escupir sapos sin
ancas,
para que al mandarlos a volar
se terminen arrastrando.
Fácil es,
echarle la culpa de nuestros pecados,
pero el motivo no es errado.
Si es que parece que soy vacilante
y que el punto es intocable para mí,
es parte miserable de lo que cargo.
¿Cuánto es suficiente para el humano?
No concibiendo límites
para ciertas existencias,
cree o termina creyendo
que consigo mismo no la hay.
Que tome la corona de ganador,
que de algo sirva
el esfuerzo por darse cuenta.
En un riguroso ordenamiento,
donde no hay cabida
para estruendosos emplazamientos,
ahí se halla él:
el objeto se mis pesares meditativos.
Inacabables apelativos
se originan en lo medular de mi boca,
únicamente para ser desechados.
Me retuerzo carcajeante
al notar la homogeneidad
del espectro que sugieren mis papilas.
Confirma a mi espíritu
que de la misma naturaleza provienen,
tanto el infausto palaciego
como el beato tiradero.
Más tarde que temprano,
tiende a entrar en percepción
todo el bolo alimenticio,
que es la disputa por la neblina
del reino de las tinieblas.
Juguetones mozalbetes
de enjuto andar,
no hacen más
que lo que de esencia viene.
(Pido clemencia,
yo no los inventé,
el tiempo los conceptualizó.)
Y desde mi epojé
aseguro mi insanidad,
para así vislumbrar,
en el horizonte infinito
de mi indeterminismo,
la evanescente y ficticia nada.
Al encontrarme en el risco
tan poco deseado por los paradigmáticos,
tal como vine al mundo,
emplazo lo triste de mi caída.
Pero ¿caer?
¿Caer a dónde?
El incinerador trabaja horas extra
para volver lo ininteligible
la composta de la insanidad siguiente.


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