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domingo, 18 de julio de 2010

Tanto como se debe

“Despierta”. Es lo que diría mi mujer cada mañana. Pero no en un tono de reproche sino meloso, y con un beso en la mejilla que siempre provocaría el efecto deseado. El desayuno serían unos deliciosos huevos con jamón y un jugo, tal vez acompañados con un café y algo de pan tostado. Mis tres pequeños niños me preguntarían a que hora pienso llegar de trabajar o el lugar a donde los pienso llevar el fin de semana. Siempre con sus caras sonrientes y dejando todo un batidillo en la mesa que me veo obligado a limpiar. “No te preocupes, mi cielo”, escucharía de lo voz de mi pareja justo cuando me levanto a recoger todo. “Ya váyanse a la escuela. Yo limpio todo antes de irme a trabajar”. Nos despediríamos con un amoroso beso que siempre provocaría risitas tiernas en mis vástagos. “Te amo. Te veo en la tarde” se oiría sin falta cada mañana laboral entre nosotros justo antes de subir al auto.


Las entradas al trabajo siempre serían con cinco minutos de antelación, par esperar en el aula a mis púberes estudiantes y saludarlos cortésmente cada que lleguen y reprender severamente al clásico retardado justo par que no lo vuelva a hacer. Cambiando de salón en salón justo al toque de la hora. Recitando religiosamente esa clase preparada con tanto esmero justo la noche anterior. “No se olviden de hacer la tarea jovencitos”, sería la clásica forma de despedirme antes de salir disparado a seguir con mis deberes, o a comer con un par de compañeros y discutir acerca de nuestra pedagogía o los problemas en ciertos muchachitos.


Mis tardes serían ocupadas en ir a ejercitarme, convivir con los amigos sólo un rato, sacar a mi familia de paseo, ayudar a mis niños con sus tareas, ocuparme de los deberes hogareños o ponerme al día con los laborales.


Cada noche al ir a la cama, con la duda en la mente de a dónde llevaría a mis peques de fin de semana, o los nuevos retos que le pondría a aquellos ya no tan peques de mis pupilos, o la nueva sorpresa que le daría a mi amor para demostrarle lo que siento por ella; habría en mí una profusa satisfacción, un vasto sentimiento de responsabilidad y la sensación de que mi vida no podría ser más feliz.


Todo eso sería mi vida en el futuro, bueno, sólo si yo fuera la versión normal de mí mismo, de que todo lo que he plasmado fuera mi ideal. Podrá ser el ideal para la mayoría de las personas, no lo mismo pero sí un esquema parecido. Hay veces en que eso ya no es suficiente, y ahora más que antes. La felicidad ya no lo es todo en la vida. Sobra decir que hay futuros que se pueden pintar de mejor manera sin ese color.



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