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sábado, 10 de julio de 2010

¿Ya lo sabías?

Desde la primera vez que te vi se abrió una herida en mi, tan pequeña como la que deja una aguja traspasando la piel. Pensé que no habría problema si no dejaba que pasara más que eso.

Cuando mis ojos volvieron a ver los tuyos, fue como si una pequeña cuchilla empezara a rebanar con mesura cada centímetro de carne que encontrara cerca de ella. Empezaste a ver lo que había dentro de esa nimia barrera.

Tal vez no sea un escudo tan insignificante lo que atravesaste sin siquiera haberlo notado, sólo usaste las armas correctas. He de ahí que yo sin darme cuenta ya estuviera herido a tus pies.

Quizá fue el morbo de ver que tan lastímero estado podría tener antes de sucumbir a la agonía provocada por tus embates. Como el náufrago que no tiene más remedio que irse junto con la ola.

Pero empecé a respirar por las heridad, la que me hisiste en el corazón despertó al que dormía dentro del capullo que se estaba volviendo mi ser. Me liberaste de esa cárcel que era yo, y por eso estoy en deuda contigo...




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